Comentario
a “Mi credo pedagógico”.
Dewey afirmaba que los niños no llegaban a la
escuela como limpias pizarras pasivas en las que los maestros pudieran escribir
las lecciones de la civilización. Cuando el niño llega al aula ya es
intensamente activo y el cometido de la educación consiste en tomar a su cargo
esta actividad y orientarla. Cuando el niño empieza su escolaridad, lleva en sí
cuatro impulsos innatos (el de comunicar, el de construir, el de indagar y el
de expresarse de forma más precisa). El niño también lleva consigo intereses y
actividades de su hogar y del entorno en que vive y al maestro le incumbe la
tarea de utilizar esta “materia prima” orientando las actividades hacia
resultados positivos.
Esta
argumentación enfrentó a Dewey con los partidarios de una educación tradicional
centrada en el programa y también con los reformadores románticos que abogaban
por una pedagogía centrada en el niño.
Los
tradicionalistas, eran favorables a una instrucción disciplinada y gradual de
la sabiduría acumulada por la civilización. La asignatura constituía la meta y
determinaba los métodos de enseñanza. Del niño se esperaba simplemente que
recibiera, que aceptara. Ha cumplido su papel cuando se muestra dócil y
disciplinado. En cambio, los partidarios de la educación centrada en el niño,
afirmaban que la enseñanza de asignaturas debía subordinarse al crecimiento
natural y desinhibido del niño. Para ellos, la expresión de los impulsos
naturales del niño constituía el “punto de partida, el centro, el fin.”
Estas
diferentes escuelas de pensamiento libraban un feroz combate en el decenio de
1890. Los tradicionalistas defendían los conocimientos duramente adquiridos a
lo largo de siglos de lucha intelectual y consideraban que la educación
centrada en el niño era caótica, anárquica, una rendición de la autoridad de
los adultos, mientras que los románticos celebraban la espontaneidad y el
cambio y acusaban a sus adversarios de reprimir la individualidad de los niños
mediante una pedagogía tediosa, rutinaria y despótica.
En “Mi credo pedagógico” Dewey establece que la educación es un proceso
social y que la escuela, como institución, es una de las formas de vida en
comunidad: su proceso es un proceso de vida, más que un proceso para la vida
adulta futura. La educación es un proceso vital para la sociedad porque a
través de ella se transmiten los hábitos de hacer, pensar y sentir de los más
viejos a los más jóvenes. Sin esta comunicación de ideales, esperanzas, normas
y opiniones de aquellos miembros de la sociedad que desaparecen de la vida del
grupo a los que llegan a él, la vida social no podría sobrevivir (destaca la
idea de que toda comunicación es educativa).
En el artículo primero de su Credo pedagógico, Dewey señala que la
educación es el proceso de participación del individuo en la “conciencia
social”, proceso que arranca de manera inconsciente prácticamente desde su
nacimiento, “saturando su consciencia y formando sus hábitos”. En esta primera
etapa de su producción, el autor discrimina y a la vez destaca la diferencia
entre un proceso educativo vital, inconsciente e incidental y otro
escolarizado, consciente y sistemático.
La educación
comienza con el nacimiento de una persona y se lleva a cabo durante toda su
vida, es muy importante estimular las capacidades del sujeto, durante todo este
proceso.
Para llevar a cabo la educación
debemos utilizar como base el aspecto psicológico, de forma que la educación se
pueda realizar de manera coherente y adecuada; ya que se debe tener un
conocimiento de las características del niño, para poder enfocar la educación
de acuerdo a las necesidades personales de cada individuo, lo que también
facilitará que se liberen sus propios instintos y capacidades.
Debemos considerar la educación
como una adaptación a la civilización y a la vida en sociedad y también hay que
tener muy en cuenta, la importancia que tiene el hecho de ser capaz de entender
los motivos por los que el niño se ve impulsado a actuar de una determinada
manera.
Según el artículo II “Lo que es
la escuela”
La escuela no debe entenderse
como un lugar en el que los alumnos reciben información y aprenden ciertas
lecciones, sino como una institución social que facilita la vida en comunidad
para completar esa educación como proceso de la vida (“la educación es un
proceso de vida y no una preparación para la vida futura”).
Las actividades desarrolladas en
la escuela deben estar enfocadas de forma que el educando sea capaz de entender
su significado y utilidad, pues todo aquello que no se convierta en una
experiencia de vida del niño, no será realmente una experiencia educativa.
Respecto a la figura del
profesor, se debe suprimir la excesiva estimulación y control que ejerce sobre
los alumnos, de forma que se convierta en un miembro más de la comunidad, sin
olvidar la labor de guía que debe ejercer en sus alumnos e intentando no
convertirse en una figura que simplemente impone ideas, forma hábitos o inculca
valores.
También se resalta la idea de que
los exámenes sólo serán útiles para verificar la adecuación del niño a la vida
social y con la finalidad de enfocar sus actividades y la ayuda que pueda
necesitar de una u otra forma; es por ello, que las cuestiones de promoción y
ubicación del niño en un determinado curso deben estar basadas en otra serie de
aspectos.
En el artículo III “El
contenido de la educación” Dewey vuelve a destacar la idea de que las
materias escolares deben estar enfocadas hacia lograr el desarrollo de una vida
social por parte del alumno, es decir, es importante que las actividades
realizadas por los alumnos tengan una relación práctica con la vida real en
sociedad.
La educación debe ser considerada
como una continua representación de la experiencia, de manera que el
aprendizaje no se realice como algo ajeno a la propia realidad, sino como parte
fundamental de la misma. Se debe contextualizar el aprendizaje, para que el
educando sea capaz de asimilarlo como algo propio, útil para su vida presente y
futura.
Artículo IV “La naturaleza del
método”.
Es fundamental fomentar los
intereses del niño, enfocando la educación de una forma activa; es decir,
debemos intentar abandonar la actitud pasiva a la que se somete al niño en la
escuela e intentar enfocar el aprendizaje de forma activa, de manera que el
niño esté continuamente interactuando con el medio que le rodea.
El aprendizaje debe estar basado
por tanto en algo real y útil para la propia vida del educando, ya que de lo
contrario, se someterá al niño a un aprendizaje sin sentido y arbitrario que no
será capaz de absorber como algo propio y por tanto no será útil.
Dewey también destaca la idea de
que es muy importante evitar caer en sentimentalismos con el educando.
Artículo V “La escuela y el
progreso social”.
Dewey cree firmemente en la
escuela como elemento clave en el progreso social, el cual, se conseguirá a
través del ajuste de la actividad individual (el desarrollo individual del
educando debe ir acompañado de su desarrollo social y para lograr esto será
fundamental la actuación del profesor, que deberá mantener un orden social
apropiado, etc.). Al ayudar al niño a convertirse en un hombre integro y social
que ha aprendido a través de sus propias experiencias, se consigue un progreso
social.
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