"He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: Solo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos." (Antoine de Saint Exupéry, El Principito).

jueves, 19 de enero de 2012


Comentario a “Mi credo pedagógico”.

Dewey afirmaba que los niños no llegaban a la escuela como limpias pizarras pasivas en las que los maestros pudieran escribir las lecciones de la civilización. Cuando el niño llega al aula ya es intensamente activo y el cometido de la educación consiste en tomar a su cargo esta actividad y orientarla. Cuando el niño empieza su escolaridad, lleva en sí cuatro impulsos innatos (el de comunicar, el de construir, el de indagar y el de expresarse de forma más precisa). El niño también lleva consigo intereses y actividades de su hogar y del entorno en que vive y al maestro le incumbe la tarea de utilizar esta “materia prima” orientando las actividades hacia resultados positivos.

Esta argumentación enfrentó a Dewey con los partidarios de una educación tradicional centrada en el programa y también con los reformadores románticos que abogaban por una pedagogía centrada en el niño.
Los tradicionalistas, eran favorables a una instrucción disciplinada y gradual de la sabiduría acumulada por la civilización. La asignatura constituía la meta y determinaba los métodos de enseñanza. Del niño se esperaba simplemente que recibiera, que aceptara. Ha cumplido su papel cuando se muestra dócil y disciplinado. En cambio, los partidarios de la educación centrada en el niño, afirmaban que la enseñanza de asignaturas debía subordinarse al crecimiento natural y desinhibido del niño. Para ellos, la expresión de los impulsos naturales del niño constituía el “punto de partida, el centro, el fin.”

Estas diferentes escuelas de pensamiento libraban un feroz combate en el decenio de 1890. Los tradicionalistas defendían los conocimientos duramente adquiridos a lo largo de siglos de lucha intelectual y consideraban que la educación centrada en el niño era caótica, anárquica, una rendición de la autoridad de los adultos, mientras que los románticos celebraban la espontaneidad y el cambio y acusaban a sus adversarios de reprimir la individualidad de los niños mediante una pedagogía tediosa, rutinaria y despótica.

En “Mi credo pedagógico” Dewey establece que la educación es un proceso social y que la escuela, como institución, es una de las formas de vida en comunidad: su proceso es un proceso de vida, más que un proceso para la vida adulta futura. La educación es un proceso vital para la sociedad porque a través de ella se transmiten los hábitos de hacer, pensar y sentir de los más viejos a los más jóvenes. Sin esta comunicación de ideales, esperanzas, normas y opiniones de aquellos miembros de la sociedad que desaparecen de la vida del grupo a los que llegan a él, la vida social no podría sobrevivir (destaca la idea de que toda comunicación es educativa).

En el artículo primero de su Credo pedagógico, Dewey señala que la educación es el proceso de participación del individuo en la “conciencia social”, proceso que arranca de manera inconsciente prácticamente desde su nacimiento, “saturando su consciencia y formando sus hábitos”. En esta primera etapa de su producción, el autor discrimina y a la vez destaca la diferencia entre un proceso educativo vital, inconsciente e incidental y otro escolarizado, consciente y sistemático.

La educación comienza con el nacimiento de una persona y se lleva a cabo durante toda su vida, es muy importante estimular las capacidades del sujeto, durante todo este proceso.
Para llevar a cabo la educación debemos utilizar como base el aspecto psicológico, de forma que la educación se pueda realizar de manera coherente y adecuada; ya que se debe tener un conocimiento de las características del niño, para poder enfocar la educación de acuerdo a las necesidades personales de cada individuo, lo que también facilitará que se liberen sus propios instintos y capacidades.

Debemos considerar la educación como una adaptación a la civilización y a la vida en sociedad y también hay que tener muy en cuenta, la importancia que tiene el hecho de ser capaz de entender los motivos por los que el niño se ve impulsado a actuar de una determinada manera.

Según el artículo II “Lo que es la escuela”
La escuela no debe entenderse como un lugar en el que los alumnos reciben información y aprenden ciertas lecciones, sino como una institución social que facilita la vida en comunidad para completar esa educación como proceso de la vida (“la educación es un proceso de vida y no una preparación para la vida futura”).

Las actividades desarrolladas en la escuela deben estar enfocadas de forma que el educando sea capaz de entender su significado y utilidad, pues todo aquello que no se convierta en una experiencia de vida del niño, no será realmente una experiencia educativa.
Respecto a la figura del profesor, se debe suprimir la excesiva estimulación y control que ejerce sobre los alumnos, de forma que se convierta en un miembro más de la comunidad, sin olvidar la labor de guía que debe ejercer en sus alumnos e intentando no convertirse en una figura que simplemente impone ideas, forma hábitos o inculca valores.

También se resalta la idea de que los exámenes sólo serán útiles para verificar la adecuación del niño a la vida social y con la finalidad de enfocar sus actividades y la ayuda que pueda necesitar de una u otra forma; es por ello, que las cuestiones de promoción y ubicación del niño en un determinado curso deben estar basadas en otra serie de aspectos.

En el artículo III “El contenido de la educación” Dewey vuelve a destacar la idea de que las materias escolares deben estar enfocadas hacia lograr el desarrollo de una vida social por parte del alumno, es decir, es importante que las actividades realizadas por los alumnos tengan una relación práctica con la vida real en sociedad.
La educación debe ser considerada como una continua representación de la experiencia, de manera que el aprendizaje no se realice como algo ajeno a la propia realidad, sino como parte fundamental de la misma. Se debe contextualizar el aprendizaje, para que el educando sea capaz de asimilarlo como algo propio, útil para su vida presente y futura.

Artículo IV “La naturaleza del método”.
Es fundamental fomentar los intereses del niño, enfocando la educación de una forma activa; es decir, debemos intentar abandonar la actitud pasiva a la que se somete al niño en la escuela e intentar enfocar el aprendizaje de forma activa, de manera que el niño esté continuamente interactuando con el medio que le rodea.
El aprendizaje debe estar basado por tanto en algo real y útil para la propia vida del educando, ya que de lo contrario, se someterá al niño a un aprendizaje sin sentido y arbitrario que no será capaz de absorber como algo propio y por tanto no será útil.
Dewey también destaca la idea de que es muy importante evitar caer en sentimentalismos con el educando.

Artículo V “La escuela y el progreso social”.
Dewey cree firmemente en la escuela como elemento clave en el progreso social, el cual, se conseguirá a través del ajuste de la actividad individual (el desarrollo individual del educando debe ir acompañado de su desarrollo social y para lograr esto será fundamental la actuación del profesor, que deberá mantener un orden social apropiado, etc.). Al ayudar al niño a convertirse en un hombre integro y social que ha aprendido a través de sus propias experiencias, se consigue un progreso social.

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